La matrescencia es el proceso de transformación que vive una mujer al convertirse en madre: cambian su cuerpo, su identidad, sus vínculos y su lugar en el mundo. No dura lo que dura el embarazo ni termina con la cuarentena; es un tránsito largo, parecido a la adolescencia. Y, como todo gran cambio de vida, es un rito de paso, aunque hoy casi nadie lo acompañe como tal.
Te prepararon para el parto. Te dieron listas de lo que había que comprar, cursos de respiración, consejos sobre lactancia y sueño. Pero muy pocas personas te hablaron de lo que viene después: ese tiempo en que ya no eres quien eras y todavía no sabes del todo quién estás siendo.
Ese tiempo tiene nombre. Y entenderlo puede cambiar la forma en que lo vives.
¿Qué es la matrescencia?
La palabra se parece a adolescencia, y no es casualidad. La propuso una antropóloga en los años setenta para nombrar algo que muchas culturas sabían, pero que la nuestra había dejado sin palabra: cuando nace un bebé, también nace una madre. Y ese nacimiento no ocurre en un día.
Igual que en la adolescencia, en la matrescencia cambia todo a la vez:
- El cuerpo: hormonas, sueño, forma, sensaciones, la relación con tu propia imagen.
- La mente: la atención se reorganiza alrededor de otro ser. Estudios de neuroimagen han mostrado que el cerebro también se transforma durante el embarazo, sobre todo en zonas ligadas a comprender y anticipar a otros.
- Los vínculos: con la pareja, con tus amistades, con el trabajo y, muy especialmente, con tu propia madre.
- La identidad: quién soy, qué quiero, qué dejo atrás, qué de mí sigue intacto.
Y también como en la adolescencia, se mezclan el entusiasmo y la torpeza, las ganas de crecer y el miedo a perderse. La matrescencia no es un trastorno: es un proceso del desarrollo humano. Pero que sea esperable no significa que sea fácil.
La viven las madres biológicas y también las madres por adopción, las que llegaron a la maternidad por caminos largos y las que perdieron a su bebé. La transformación ocurre igual, aunque muchas veces nadie la reconozca.
Primero, ¿qué es un rito de paso?
Todas las culturas han marcado los momentos en que una persona cambia de lugar en su vida: el nacimiento, el paso a la adultez, la unión con otra persona, la muerte. A esas ceremonias se les llama ritos de paso.
A comienzos del siglo XX, un etnógrafo que estudiaba pueblos muy distintos entre sí notó algo sorprendente: aunque las ceremonias cambiaban, casi todas seguían el mismo orden. Tres momentos:
- Separación. La persona deja su lugar anterior. Es cruzar una puerta y cerrarla detrás. Lo que eras ya no te calza del todo.
- Umbral. La palabra liminal viene del latín limen, que significa justamente umbral. Es el tiempo de quedar en medio: ya no eres lo de antes y todavía no eres lo nuevo. Es un tiempo de confusión y fragilidad, pero también de enorme posibilidad, porque todo se está reordenando.
- Incorporación. La persona vuelve a su comunidad con un lugar nuevo, y los demás la reconocen en él.
Imagina el pasillo de una casa. Saliste de una habitación que conocías de memoria y aún no entras a la siguiente. La luz es tenue, no hay muebles donde apoyarse, no sabes bien dónde está el interruptor. Eso es el umbral.
Lo importante es esto: los ritos de paso no eran solo ceremonias bonitas. Cumplían una función psicológica muy profunda. Le daban forma y sentido al caos del cambio. Había palabras para nombrar lo que pasaba, personas mayores que ya habían cruzado y servían de guía, una comunidad que sostenía y un final claro: un momento en que alguien decía «ya llegaste». Nadie cruzaba el umbral sola.
La matrescencia como rito de paso.
Si miramos la maternidad con estos lentes, los tres momentos aparecen con mucha claridad.
1. La separación: despedirte de quien eras.
Con el embarazo, el parto o la llegada de tu hijo o hija, empiezas a despedirte de cosas que quizás no sabías que ibas a extrañar: el cuerpo que tenías, el tiempo propio, la espontaneidad, dormir de corrido, tu lugar en el trabajo tal como lo conocías. A veces la separación es abrupta: un parto que no salió como lo imaginaste, una cesárea inesperada, días en neonatología. La puerta se cierra de golpe y no alcanzaste a despedirte.
2. El umbral: ni la de antes ni la que imaginabas.
Son los primeros meses, y a veces los primeros años. Noches sin bordes, días que se confunden, la sensación de no ser ni la mujer de antes ni «la madre que pensabas que ibas a ser». Puedes sentir un amor inmenso y, al mismo tiempo, extrañeza, cansancio, rabia o ganas de escapar un rato. Todo eso convive en el umbral.
Aquí aparecen preguntas que pueden asustar: ¿me equivoqué?, ¿por qué a las demás les resulta tan natural?, ¿dónde quedé yo? No son señales de que lo estés haciendo mal. Son las preguntas propias de alguien que está en medio de una transformación.
3. La incorporación: una mujer nueva que contiene a las dos.
Con el tiempo, y a su propio ritmo, la madre y la mujer que eras empiezan a conversar. No se trata de «volver a ser la de antes», ni de desaparecer dentro del rol de madre. Se trata de integrar: llevar contigo lo que sigue siendo tuyo y hacerle lugar a lo nuevo. Es como mudarse a una casa nueva con algunos muebles de la anterior: el espacio cambió, pero hay cosas que te siguen acompañando.
Y algo importante: con cada hijo o hija, el rito puede volver a abrirse. La segunda vez no es una repetición de la primera.
El umbral sin ritual.
Hoy el rito sigue ocurriendo por dentro, pero por fuera casi desapareció.
Tenemos el baby shower, que celebra al bebé pero no la transformación de la madre. Tenemos visitas que preguntan «¿y cómo está el bebé?» y muy pocas que preguntan «¿y tú, cómo estás?». Tenemos la presión de «recuperar el cuerpo», de volver al trabajo como si nada, de subir la foto feliz. Las familias son más pequeñas y están más lejos. Muchas mujeres migrantes crían sin su madre al lado, sin abuelas, sin las voces y los sabores de su infancia alrededor.
Y cuando falta el ritual, pasa algo delicado: el umbral se vive como un fracaso personal. Lo que es una transición se confunde con una falla. «Algo me pasa.» «Todas pueden y yo no.» «Debería estar disfrutando más.»
Que te sientas perdida en el umbral no significa que te perdiste. Significa que estás cruzando.
La misma antropóloga que nombró la matrescencia observó que, en muchas culturas, había alguien cuya tarea era cuidar a la mujer que acababa de ser madre: no al bebé, a ella. Esa figura es la que más falta hoy. Quien cuida también necesita ser cuidada.
Algunas experiencias frecuentes en el umbral.
No es una lista para diagnosticarte, sino para que puedas ponerle palabras a lo que vives. Muchas mujeres en matrescencia cuentan que:
- No se reconocen del todo, ni en el espejo ni en sus decisiones.
- Extrañan su vida de antes y sienten culpa por extrañarla.
- Miran a su propia madre con otros ojos: la entienden más, la necesitan, o reaparecen heridas que creían cerradas.
- Sienten que la relación de pareja se reorganizó y todavía no encuentran el nuevo equilibrio.
- Se alejan de algunas amistades y se acercan a otras.
- Ya no saben bien qué lugar ocupa el trabajo o la vocación en su vida.
- Aman profundamente a su hijo o hija y, a la vez, necesitan momentos lejos.
Si te reconoces en varias, lo más probable es que estés atravesando un proceso, no fallando en él.
Cómo acompañar tu propio rito de paso.
No podemos volver a las ceremonias de otros tiempos, pero sí podemos recuperar lo que hacían por nosotras. Algunas ideas:
- Ponle nombre. Decirte «estoy en matrescencia» o «estoy en el umbral» ordena por dentro. Lo que tiene nombre deja de parecer un defecto.
- Date permiso para despedirte. Es posible amar tu presente y hacer el duelo de lo que quedó atrás. Puedes escribirle una carta a la mujer que eras, guardar un objeto o una foto que la represente. Un pequeño ritual de separación.
- Busca a quienes ya cruzaron. Otras madres que hablen con honestidad, no las de las fotos perfectas. Una amiga, un círculo de madres, una tía, una vecina. En los ritos de paso siempre hubo alguien que conocía el camino.
- Deja que te cuiden. Pide ayuda concreta: que te traigan comida, que alguien sostenga al bebé mientras te duchas o duermes una siesta. Aceptar ser cuidada no es debilidad; es parte del rito.
- Marca tu propio paso. Un gesto que diga «aquí estoy ahora»: una caminata sola, escribir quién eres hoy, celebrar el primer año de tu hijo o hija también como tu primer año como madre.
- Date un espacio para pensarte. La terapia puede ser ese lugar de umbral acompañado: un espacio donde no tienes que estar bien ni ser la madre perfecta, solo mirar lo que te está pasando con alguien al lado.
Si acompañas a una mujer en matrescencia.
Si eres pareja, madre, hermana o amiga de alguien que acaba de ser madre, puedes ser parte de su rito:
- Pregunta por ella, no solo por el bebé.
- Ofrece ayuda concreta en vez de «avísame si necesitas algo».
- No la apures a «volver a ser la de antes». Está siendo otra, y eso toma tiempo.
- Escucha sin corregir ni comparar. A veces lo que más ayuda es que alguien diga «tiene sentido que te sientas así».
¿Cuándo buscar ayuda profesional?
El umbral es difícil para casi todas. Pero hay señales de que el proceso necesita más apoyo del que puede darte tu entorno:
- Tristeza, llanto o irritabilidad que no ceden después de las primeras dos semanas tras el parto, o que se intensifican.
- Ansiedad constante, preocupación que no te deja descansar o pensamientos intrusivos que te asustan.
- Dificultad para dormir incluso cuando tu bebé duerme.
- Sensación persistente de desconexión con tu bebé, o de que nada tiene sentido.
- Un parto vivido como traumático, cuyas imágenes vuelven una y otra vez.
La depresión y la ansiedad perinatal son frecuentes y tienen tratamiento. Pedir ayuda no habla de que seas una mala madre; habla de que te estás cuidando para poder cuidar. Puedes conversarlo con tu matrona, tu médico o una psicóloga perinatal. Y si aparecen pensamientos de hacerte daño o de hacerle daño a tu bebé, busca ayuda profesional de inmediato.
Nadie debería cruzar el umbral sola.
La matrescencia va a ocurrir de todas formas: es un nacimiento que no se puede detener. Lo que sí podemos elegir es cómo atravesarlo. Con vergüenza y en silencio, o con palabras, con compañía y con permiso para no saberlo todo.
Lo sé también desde adentro. Cuando me convertí en madre, había días en que me miraba al espejo y no me reconocía: el cansancio se me notaba en la cara y sentía que no lograba pensar con claridad. Extrañaba mi vida de antes, mi tiempo, mi lugar como psicóloga. Extrañaba, sobre todo, ser pareja. Y lo viví como madre migrante, sin una red cerca que me sostuviera.
Lo que me ayudó fue salir a buscar esa red. Me sumergí en un grupo de yoga pre y posnatal, donde encontré a otras mujeres cruzando el mismo umbral. Pedí ayuda, y también pagué para tener apoyo en la casa, algo que me costó darme permiso de hacer. Hoy, como mujer y como terapeuta, lo entiendo así: no me estaba perdiendo, me estaba transformando.
Tal vez hoy estés en el pasillo, con la luz tenue y sin muebles donde apoyarte. Si es así, quiero que sepas que ese lugar tiene nombre, que muchas mujeres han estado ahí antes que tú y que, al otro lado, hay una mujer nueva esperando ser habitada.
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Preguntas frecuentes sobre la matrescencia
¿Cuánto dura la matrescencia? No tiene una fecha fija. Suele ser más intensa en el primer año, pero muchas mujeres sienten que la transformación se extiende por años, y puede reabrirse con cada hijo o hija.
¿La matrescencia es lo mismo que la depresión posparto? No. La matrescencia es un proceso esperable de cambio de identidad. La depresión posparto es un cuadro clínico que necesita atención profesional. Pueden coexistir, y por eso vale la pena consultar si el malestar es intenso o no cede.
¿Solo la viven las madres biológicas? No. También la viven las madres por adopción, las que llegaron a la maternidad por tratamientos de fertilidad y quienes pasaron por una pérdida perinatal.
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