Migración

Síndrome de Ulises: cuando migrar duele en el cuerpo

Mujer de espaldas sentada frente al mar al atardecer, con una maleta a su lado

Hay un cansancio que muchas personas migrantes conocen y que cuesta explicar. No es flojera ni falta de ganas. Es el cuerpo diciendo que lleva demasiado tiempo en modo supervivencia: trabajando en lo que salga, haciendo trámites, extrañando, sonriendo en las videollamadas para que en casa no se preocupen.

Yo también migré, y en estos diez años de migración he escuchado muchas frases como estas: “no sé qué me pasa, me duele la cabeza todo el tiempo”, “me olvido de todo”, “estoy triste y no tengo derecho a estarlo, porque por lo menos estoy aquí”. Detrás de ellas, a menudo, hay algo que tiene nombre.

En pocas palabras: el síndrome de Ulises es la respuesta de una persona sana a condiciones de migración extremas y prolongadas. No es una enfermedad ni un signo de debilidad, pero merece atención, porque si se mantiene en el tiempo puede abrir la puerta a problemas de salud mental más serios.

¿Qué es el síndrome de Ulises?

El nombre técnico es síndrome del inmigrante con estrés crónico y múltiple. Lo describió el psiquiatra Joseba Achotegui, profesor de la Universidad de Barcelona, a partir de su trabajo clínico con personas migrantes que vivían situaciones de estrés muy intensas y sostenidas en el tiempo.

Lo llamó así por Ulises, el héroe de la Odisea, que pasó años lejos de su casa y de los suyos, enfrentando un peligro tras otro. En uno de los episodios más conocidos, frente al cíclope Polifemo, Ulises dice que su nombre es “Nadie” para poder escapar con vida. Esa imagen me parece muy precisa: muchas personas migrantes sienten que, para sobrevivir, tienen que hacerse invisibles. Sin papeles, sin su profesión, sin su historia. Nadie.

¿Es una enfermedad mental?

No. Y es importante decirlo con claridad. El síndrome de Ulises no aparece en los manuales de diagnóstico como un trastorno. Achotegui lo ubica en el límite entre la salud mental y la psicopatología: no describe a una persona enferma, sino a una persona sana que está viviendo algo que supera lo que cualquier ser humano puede sostener por mucho tiempo.

Por eso tampoco es lo mismo que “no adaptarse”. Quien vive este síndrome suele estar luchando todos los días por salir adelante. El problema no está en su capacidad, sino en las condiciones en las que le toca vivir.

¿Qué lo provoca?

Achotegui describe cuatro grandes fuentes de estrés que, cuando se juntan y se prolongan, desbordan a cualquiera:

  • La soledad forzada. Estar lejos de la familia, de la pareja, de los hijos o hijas, sin poder verles ni ayudarles como quisieras.
  • La sensación de fracaso del proyecto migratorio. Viniste con un plan y la realidad no se parece: trabajos por debajo de tu formación, títulos que no se reconocen, metas que se alejan.
  • La lucha por la supervivencia. Conseguir vivienda, trabajo, comida y, muchas veces, mandar dinero a casa, todo al mismo tiempo.
  • El miedo. A no tener papeles, a perder el trabajo, a la discriminación, a no saber qué va a pasar.

A esto se suman los duelos propios de toda migración. Achotegui habla de siete duelos: por la familia y los amigos, por la lengua, por la cultura, por la tierra y el paisaje, por el estatus social, por el contacto con tu grupo de pertenencia y por los riesgos físicos que muchas personas viven en el camino. Aunque migres a un país donde se habla tu idioma, como pasa entre Venezuela y Chile, igual extrañas tus palabras, tu humor y tus códigos.

Migrar siempre implica duelos. Lo que marca la diferencia en el síndrome de Ulises es que esos duelos ocurren en condiciones tan difíciles que no hay espacio para elaborarlos. Se viven en modo urgencia, uno encima de otro.

¿Cómo se siente? Los síntomas más frecuentes

Cada persona lo vive a su manera, y la cultura de origen también influye en cómo se expresa el malestar. Aun así, hay cuatro áreas en las que suele aparecer:

  • Tristeza: ganas de llorar, sensación de fracaso, culpa por quienes se quedaron o por no estar “agradecida o agradecido” todo el tiempo.
  • Ansiedad: preocupaciones que no paran, dificultad para dormir, irritabilidad, tensión constante.
  • El cuerpo: dolores de cabeza frecuentes, cansancio que no se pasa con descanso, dolores musculares o molestias digestivas.
  • Confusión: olvidos, dificultad para concentrarte, sensación de estar perdida o perdido, de que el tiempo se desordena.

Muchas personas llegan primero al médico por los dolores de cabeza o el cansancio, y los exámenes salen bien. Eso no significa que “no sea nada”. A veces el cuerpo es el primero en hablar de lo que todavía no hemos podido poner en palabras.

Un aviso importante: estas señales también pueden tener otras causas. Este artículo no reemplaza una evaluación profesional. Si te reconoces aquí, vale la pena conversarlo con un médico o médica y con una psicóloga o psicólogo.

¿En qué se diferencia de la depresión?

Se pueden parecer, porque en ambos hay tristeza, pero no son lo mismo. En el síndrome de Ulises la persona suele mantener las ganas de luchar y de salir adelante; lo que la desborda son las circunstancias. En la depresión, en cambio, es más común perder el interés por casi todo, sentir un vacío profundo o no encontrarle sentido a las cosas.

Ahora bien, si el estrés extremo se mantiene durante mucho tiempo y no hay apoyo, sí puede terminar en una depresión, un trastorno de ansiedad u otros problemas de salud mental. Por eso no conviene esperar a “aguantar hasta que pase”. Si quieres profundizar en esa diferencia, te dejo este artículo: ¿Es tristeza o depresión?

¿Qué puedes hacer si te reconoces en esto?

No hay una receta, pero sí algunas cosas que ayudan a bajar la carga:

  • Ponle nombre. Saber que lo que te pasa tiene una explicación, y que no es debilidad, ya alivia. No estás exagerando.
  • Date permiso para extrañar. Estar agradecida o agradecido por lo que has logrado y, al mismo tiempo, triste por lo que dejaste, no es contradictorio. Las dos cosas pueden convivir.
  • Busca tu gente aquí. Una red, aunque sea pequeña, protege. Compatriotas, compañeros de trabajo, una comunidad, un grupo con quien compartir lo cotidiano.
  • Cuida lo básico. Dormir, comer a tiempo y mover el cuerpo no resuelven la migración, pero le dan a tu sistema nervioso un poco más de margen.
  • No siempre digas “todo bien”. Con alguien de confianza, en tu país o aquí, permítete contar cómo estás de verdad.
  • Pide ayuda profesional. Un espacio terapéutico te permite elaborar esos duelos que se fueron quedando pendientes, sin tener que hacerlo sola o solo.

En terapia no se trata de convencerte de que todo está bien, ni de decidir por ti si quedarte o volver. Se trata de darle un lugar a lo que perdiste, a lo que estás construyendo y a quien eres hoy, que ya no es exactamente quien se fue. Trabajar con alguien que también vivió la migración puede hacer que ese espacio se sienta más cercano, porque no tienes que explicar desde cero lo que significa empezar de nuevo en otro país.

¿Cuándo es momento de pedir ayuda?

Te recomiendo consultar si llevas varias semanas con alguno de estos síntomas, si están afectando tu trabajo, tu sueño o tus relaciones, o si sientes que ya no puedes sola o solo.

Si en algún momento aparecen ideas de hacerte daño o de no querer seguir viviendo, pide ayuda de inmediato. En Chile puedes llamar al *4141 (línea de prevención del suicidio del Ministerio de Salud) o ir a un servicio de urgencia. Si estás en otro país, comunícate con el número de emergencias local.

Ulises también lloraba

En la Odisea, Ulises no es solo el héroe astuto: también es el hombre que llora frente al mar porque extraña su casa. Esa parte de la historia me parece fundamental. Sentir el peso de la migración no te hace menos valiente; te hace humana o humano.

Si algo de lo que leíste te hizo sentido, te invito a una conversación gratuita de 20 minutos. Sin compromiso, online desde cualquier país o presencial en Providencia, para conocernos y ver juntas o juntos si es un buen momento para empezar.

Para seguir leyendo

¿Necesitas apoyo con lo que estás viviendo?

Agenda una conversación gratuita de 20 minutos, sin compromiso.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguir leyendo

Artículos relacionados

Maleta antigua en la puerta abierta de una casa luminosa, como imagen del regreso al país de origen
Migración

Extranjero en mi propia casa: el desafío de la migración de retorno

A veces pensamos que la parte más difícil de emigrar es el día que nos vamos. Sin embargo, para muchos,…

Leer artículo →
Chaqueta colgada en una silla junto a una maleta abierta a medio deshacer en un departamento luminoso
Ansiedad

El éxito como disfraz: la ansiedad de alto funcionamiento en la vida del migrante

Todos conocemos a esa persona. Quizás tú eres esa persona. Llegas puntual, tu agenda está impecable, eres el amigo o…

Leer artículo →
Hombre de espaldas sentado sobre las rocas frente a un mar tranquilo al amanecer
Migración

El Héroe que Llora frente al Mar: Normalizar la Vulnerabilidad en el Duelo Migratorio

Migrar suele venderse como una oportunidad de oro, un lienzo en blanco o el inicio de una aventura épica. Sin…

Leer artículo →