En las últimas semanas mi feed de instragram se llenó de regresos. Aeropuertos, la primera arepa, esos abrazos de la gente querida que no se terminan. Los veo y me emocionan. Yo también conozco ese abrazo.
Pero un video dura treinta segundos. Un regreso dura años.
Si estás pensando en volver a Venezuela y no sabes, quiero decirte algo desde el principio: este artículo no busca convencerte de que no vuelvas. Volver puede ser una decisión hermosa y reparadora. Lo que quiero es invitarte a hacerlo distinto a la primera vez.
Porque la mayoría de nosotros no se fue: tuvo que irse. Fue una migración de supervivencia, con la maleta hecha a la carrera y sin tiempo para despedirse bien. Hoy, para muchos, se asoma una esperanza que hace unos años no existía. Y con ella llega algo que la primera vez no tuvimos: la posibilidad de elegir. Con tiempo, con información y con calma.
En pocas palabras: la migración de retorno es una migración nueva, con sus propios duelos y ajustes. Planificarla no le quita la emoción; la protege.
¿Qué no muestran los videos de regreso?
Los videos de regreso muestran el momento más luminoso del viaje: la llegada. Y es real. Esa emoción existe y merece celebrarse.
Lo que casi nunca se graba es lo que viene después. El mes tres, cuando la visita se convierte en vida cotidiana. Los trámites, los precios, los horarios y las rutinas que cambiaron mientras no estabas. Las conversaciones en las que notas que ya no entiendes todos los códigos, o que los tuyos ya no encajan. Esa sensación extraña de estar en casa y, al mismo tiempo, sentirte de afuera.
Nada de esto significa que volver sea un error. Significa que el regreso no es un momento, sino un proceso. Y los procesos no caben en treinta segundos.
¿Por qué nos emocionan tanto estas historias?
Si ves esos videos y algo se te aprieta en el pecho, no es superficialidad ni debilidad. Es humano.
Después de años afuera, muchas personas cargan con un cansancio silencioso: el de explicar siempre de dónde eres, el de construir todo desde cero, el de no terminar de pertenecer. La nostalgia, además, tiene una forma particular de recordar: guarda los olores, las voces y los afectos, y deja en sombra lo que fue difícil.
Cuando una historia se vuelve colectiva, cuando todos alrededor parecen estar volviendo, es fácil que esa ola decida por nosotros. No porque no pensemos, sino porque el deseo de pertenecer es una de las fuerzas más profundas que tenemos.
Por eso vale la pena detenerse y preguntarse: de todo esto que siento, ¿qué es mío y qué es del momento?
Volver también es migrar
Una de las ideas más comunes, y que más duele después, es pensar que volver es deshacer la migración. Como rebobinar la película y retomar la vida donde la dejaste.
Pero no se puede volver al mismo lugar, porque ni el lugar ni tú son los mismos. El país siguió su propio camino mientras no estabas. Tus amistades armaron otras rutinas. Tu familia aprendió a vivir con tu ausencia. Y tú cambiaste: tienes otros hábitos, otras ideas, otra manera de mirar las cosas. Una parte de ti ahora pertenece también al lugar donde rehiciste tu vida.
Por eso el retorno es una migración nueva, con sus propios duelos:
- el duelo por el país que dejas ahora: la ciudad, las personas y la versión de ti que construiste ahí;
- el duelo por el país que recordabas y que ya no existe tal como lo guardabas;
- y la adaptación a una vida que es conocida y desconocida a la vez.
A esto se le llama choque cultural inverso: el desajuste que aparece al volver a la propia cultura después de vivir en otra. Muchas personas lo esperan al irse, pero no al volver. Y justamente porque no lo esperan, las toma por sorpresa y lo viven como un fracaso, cuando en realidad es una parte esperable del proceso.
La primera vez no pudiste elegir. Esta vez sí
Para la mayoría de los venezolanos, irse no fue un proyecto: fue una salida. Una migración de supervivencia, decidida muchas veces en semanas, con despedidas que quedaron a medias. Esa forma de partir deja huellas, y mucha gente lleva años sosteniendo un duelo que no tuvo tiempo de vivir.
El retorno puede ser distinto. Por primera vez, para muchos, existe la posibilidad de decidir con tiempo. Y eso lo cambia todo.
Planificar no es desconfiar de tu deseo de volver ni apagar la ilusión. Es tratarte con el cuidado que la primera vez no fue posible. Es darte la oportunidad de que esta migración, a diferencia de la otra, sea una elección y no una huida.
Preguntas antes de hacer la maleta
No hay una respuesta correcta para todos. Pero hay preguntas que ayudan a que la decisión sea tuya. Tómate tu tiempo con cada una: puedes escribirlas o conversarlas con alguien de confianza.
Sobre tus motivos
- ¿Qué es lo importante para ti en este momento? No lo que soñabas hace años ni lo que esperan los demás, sino lo que hoy pesa más en tu vida: estar cerca de tu familia, tu estabilidad, tu tranquilidad, un proyecto propio. Esa respuesta suele orientar todas las demás.
- ¿Voy hacia algo o estoy huyendo de algo? Volver para reencontrarte con tu familia o con un proyecto no es lo mismo que volver para escapar del cansancio, la soledad o una etapa difícil. Lo que huye suele viajar con nosotros.
- ¿Es mi decisión o la del entusiasmo de alrededor? Imagina que nadie más estuviera volviendo. ¿Seguirías queriendo hacerlo?
- ¿Vuelvo al país que recuerdo o al que existe hoy? ¿Qué sabes de cómo es la vida cotidiana allá ahora, más allá de lo que muestran las redes?
Sobre lo práctico
- Trabajo e ingresos: ¿de qué vas a vivir los primeros meses?
- Salud: ¿cómo vas a acceder a la atención y a los tratamientos que necesitas tú o tu familia?
- Documentos: ¿qué trámites necesitas resolver antes de irte y cuáles al llegar?
- Hijos e hijas: si los tienes, ¿cómo viven ellos esta decisión? Para quienes crecieron afuera, volver puede ser, en realidad, migrar por primera vez.
- Red de apoyo: ¿con quién cuentas allá? ¿Y cómo vas a sostener los vínculos que dejas aquí?
Sobre cómo hacerlo
- Una visita exploratoria: si puedes, pasa un tiempo allá antes de mudarte. No solo días de vacaciones, sino días de vida cotidiana.
- Un plan B: tener un plan alternativo no es prepararte para fracasar. Es darte libertad para ajustar el rumbo sin sentir que perdiste.
- Un buen cierre: ¿qué necesitarías para despedirte bien de esta etapa? A veces irse con calma es lo que permite llegar entera.
¿Qué hacer si la decisión te pesa demasiado?
A veces la pregunta de volver o quedarse despierta mucho más que logística. Aparecen la culpa por quienes se quedaron, los desacuerdos en la pareja o la familia, el miedo a equivocarse otra vez, o un duelo antiguo que nunca terminó de cerrarse.
Si sientes que la decisión te tiene dando vueltas sin llegar a ningún lado, o que te quita el sueño, puede ayudarte conversarlo en un espacio terapéutico. No para que alguien decida por ti, sino para ordenar lo que sientes y escuchar qué quieres de verdad.
Volver con los ojos abiertos
Volver puede ser un nuevo comienzo. Puede reparar algo que se rompió cuando te fuiste y devolverte afectos, raíces y sentido. Pero eso ocurre con más facilidad cuando el regreso se elige con calma, sabiendo que también es una migración y que también va a pedir paciencia.
La primera vez te fuiste como pudiste. Esta vez puedes volver como elijas.
Y si decides quedarte, o todavía no lo sabes, esa también es una respuesta válida.
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